David Catalina

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Tratad de encontrar referentes propios para acompañarme en mi viaje al fondo de la memoria.

Arcade Lane.

Para alguien que entraba en la adolescencia a mediados de los ’80, los salones recreativos eran lo más parecido al Cielo. Un Cielo bastante sucio y decadente, en realidad, pero no carente de atractivo y misterio: niñas que no jugaban a nada que no fuese Pang o Tetris (o Snow Bros, si no quedaba más remedio); muchachos que contribuían a la lúgubre atmósfera fumando torpemente, a salvo de las miradas de sus padres; máquinas pringadas de materias desconocidas sin que a nadie le importase; matones aleatorios que iban y venían y no parecían tener un criterio definido a la hora de elegir a sus víctimas; dueños malhumorados, siempre reticentes a darte cambio; broncas por hacerse con un taburete; alianzas de un cuarto de hora de duración que nadie confundía con amistad; poses de tipo duro al reservar la próxima partida dejando una moneda de cinco duros sobre el panel de control; malos perdedores que llegaban a escupir sobre la pantalla al acabar su partida; mirones sin un duro en el bolsillo que tarde o temprano te pedían que les dejases jugar una de las vidas que te quedaban con la expresión “¿Me dejas un tanque?” (que en el juego hubiesen bárbaros con espadones y no tanques era lo de menos); conatos de incendio; chulos que conocían un juego de memoria y afirmaban que “es sólo cuestión de muñeca“; la cacofónica sinfonía surgida del sordo zumbido eléctrico acompañado de un ruido infernal nacido de la combinación de dos docenas de recreativas funcionando a la vez, el constante tintineo de las monedas, la música ambiental propia del local, y el griterío hormonado de una piara de proto-ludópatas en plena demostración de habilidad.