Tratad de encontrar referentes propios para acompañarme en mi viaje al fondo de la memoria.

Para alguien que entraba en la adolescencia a mediados de los ’80, los salones recreativos eran lo más parecido al Cielo. Un Cielo bastante sucio y decadente, en realidad, pero no carente de atractivo y misterio: niñas que no jugaban a nada que no fuese Pang o Tetris (o Snow Bros, si no quedaba más remedio); muchachos que contribuían a la lúgubre atmósfera fumando torpemente, a salvo de las miradas de sus padres; máquinas pringadas de materias desconocidas sin que a nadie le importase; matones aleatorios que iban y venían y no parecían tener un criterio definido a la hora de elegir a sus víctimas; dueños malhumorados, siempre reticentes a darte cambio; broncas por hacerse con un taburete; alianzas de un cuarto de hora de duración que nadie confundía con amistad; poses de tipo duro al reservar la próxima partida dejando una moneda de cinco duros sobre el panel de control; malos perdedores que llegaban a escupir sobre la pantalla al acabar su partida; mirones sin un duro en el bolsillo que tarde o temprano te pedían que les dejases jugar una de las vidas que te quedaban con la expresión “¿Me dejas un tanque?” (que en el juego hubiesen bárbaros con espadones y no tanques era lo de menos); conatos de incendio; chulos que conocían un juego de memoria y afirmaban que “es sólo cuestión de muñeca“; la cacofónica sinfonía surgida del sordo zumbido eléctrico acompañado de un ruido infernal nacido de la combinación de dos docenas de recreativas funcionando a la vez, el constante tintineo de las monedas, la música ambiental propia del local, y el griterío hormonado de una piara de proto-ludópatas en plena demostración de habilidad.

Puede parecer un lugar peligroso y desagradable, pero cuando tienes once años y tu paga semanal es de 200 pesetas, ese es el lugar en el que quieres estar una tarde de sábado cualquiera de 1987, un lugar en el que la excitación que te produce superar tu propio récord o avanzar un nivel más sólo es comparable a la que te provoca descubrir que han traído un juego nuevo. O vas allí, o te pierdes con la bici, o juegas a fútbol, pero algo has de hacer con un fin de semana que, como empiezas a intuir, jamás volverá una vez haya pasado. Aunque yo en particular podía pasarme todo el día recorriendo el barrio con la bici (con un cartón cuidadosamente colocado para que rozase la rueda trasera, consiguiendo así que pareciese -en mi imaginación al menos- una moto, para desesperación de los vecinos), lo cierto es que me apasionaban los videojuegos, tanto como a la gente con la que quedaba para ir a esos lugares hoy míticos. Así pues no había discusión posible.
Aquellos lugares han dejado de existir. No es una afirmación gratuita: he comprobado empíricamente que todos ellos han dejado de existir. La época de la que os hablo fue la edad dorada de los salones recreativos en España, un periodo de tiempo que afortunadamente pude vivir plenamente, más allá de las aisladas máquinas de los bares. Incluso en una ciudad tan pequeña como Segovia la oferta de salones recreativos era enorme e inabarcable para cualquier economía. Láser 3, con locales en José Zorrilla y San Millán; Río de Oro, cerca del acueducto; Póker, junto a San José; Mayca, también en José Zorrilla… y había más, semi-ocultas en varios rincones de la ciudad (al lado de la catedral; en Vía Roma; junto a un instituto cerca del Acueducto; en El Carmen…), con nombres que se han perdido en el tiempo. Eso sin contar recreativas aisladas en diversos bares que, por supuesto, todo aficionado conocía al dedillo. He vivido colas para jugar a DragonNinja en un simple bar. Hoy día esos santuarios del píxel se han convertido en lugares tediosos que en nada se asemejan a la magnífica forma que tienen en mis recuerdos: un cibercafé, un local vacío, un restaurante, un locutorio, o un todo a 100. Lugares con millones de clones en cada esquina, sin el más mínimo interés, ahogando en mediocridad los recuerdos de toda una generación.
Con esta serie de entradas pretendo revisitar los juegos que me absorbieron durante varios años de frecuentar salones recreativos de forma continua, en fines de semana, entre semana, o incluso en horas de clase, en los años que viví en Segovia, entre 1987 y 1994. Algunos conservarán sus valores intactos, o incluso habrán mejorado con el tiempo al poder juzgar mejor sus virtudes en relación a un conjunto mucho más amplio. Otros en cambio supondrán un duro golpe, una retro-rotura en toda regla. Y no es este un lugar en el que la nostalgia sea una moneda válida.
En cualquier caso estáis invitados a acompañarme: esta partida la pago yo.
Etiquetes: Arcade, DragonNinja, Pang, Salón recreativo, salones recreativos, Segovia, Snow Bros, Tetris









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