Aquel niño muerto
1desembre 30, 2011 by David
Hace un rato mi madre nos recordaba, en una de estas comidas familiares propias de las fiestas navidadeñas, una historia de cuando yo era pequeño. No recuerdo prácticamente nada del asunto, sus protagonistas son apenas un borrón en mi memoria, pero sí sé que es completamente cierta.
Cuando yo era muy pequeño, tal vez tendría unos cuatro años, vivía en la calle Badal, en el mismo límite de Barcelona con Hospitalet. Mis padres trabajaban, ambos dos, durante todo el día, por lo que no podían estar pendientes de mi hermano Jorge y de mí (Carlos aún no había nacido). Así que hicieron lo que hacían todos los padres trabajadores: contratar a alguien para que nos cuidase desde que salíamos de la guardería hasta que volvían del trabajo. La mujer que contrataron no era especialmente brillante, pero imagino que tampoco había mucho donde elegir. La cuestión es que, aparentemente, cumplía con su trabajo. O así se suponía hasta que empezaron a cambiar las cosas. Según cuenta mi madre un día yo le dije que, cuando ellos no estaban, el marido de esta mujer venía a casa, veía la tele, bebía, y en general se sentía como en su propia casa. La mujer también traía a su hijo único y le bañaba en nuestra casa. A veces cogía nuestra ropa para dársela a él. Presuntamente era un préstamo, porque “es que la suya aún no se ha secado“, pero mi madre optaba por regalársela. En cierto momento de la historia encarcelaron a su marido por ladrón, lo cuál eliminó un problema de la ecuación. Sin embargo un buen día una vecina le dijo a mi madre que tuviese cuidado con esta mujer, porque nos bajaba al parque por la tarde a mi hermano y a mí, y nos dejaba solos para irse a ocuparse de sus propios asuntos. Mi madre, con toda su buena voluntad, le preguntó directamente si eso era verdad, a lo que ella respondió que no, y con toda su simpleza concluyó “es que la gente es muy mala“.
Al día siguiente mi padre decidió tomarse la tarde libre en el trabajo. Lo que hizo fue esperar en el parque a que ella nos bajase, y cuando efectivamente comprobó que la mujer se marchó dejándonos solos, nos cogió y nos subió a casa. Esta mujer subió unas horas después, atolondrada, sólo para encontrarnos tan panchos junto a nuestro padre. El despido fue fulminante. Todo ello a pesar de que a nosotros, gente de clase media normal y corriente, nos producían cierto miedo las consecuencias de despedir a una mujer sin escrúpulos que además tenía a un criminal convicto como marido.
Aparentemente era lo último que íbamos a saber de esta gente. Mi madre trabajaba en el hospital, y uno de los médicos con los que trabajaba era médico forense. Un día le vio llegar especialmente revuelto y agitado, y le preguntó qué le pasaba. Según contó el médico, acababa de reconocer el cadáver de un niño pequeño.
Aquél niño muerto resultó ser el hijo de aquella mujer, el que había llevado nuestra ropa y se había bañado en nuestra casa. Su madre no lo cuidaba, y su padre estaba en la cárcel. Su abuela, la madre del ladrón, era la encargada de cuidarlo, junto a otros críos de la familia que ni siquiera estaban escolarizados: pasaban el día haciendo el gamberro. Sin embargo aquel día la abuela se había ido a ver a su hijo a la cárcel, dejando al crío con el resto, más mayores. Se quedaron en la calle, jugando, y no se sabe cómo el pobre crío se ahogó en un charco de lodo…
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Joder.